Reflexiones y razonamientos sobre los temas trascendentales del periodo al que llamamos vida

28 de julio de 2010

Viajes y expediciones - La invasión de las atalayas embriagadas

Este es el primer post que voy a escribir en este apartado, aunque no se va a caracterizar por poseer las mismas peculiaridades que atesorarán todos los que van a seguirlo. En esta sección del librillo de aventuras y cuaderno de bitácora de mis viajes no nos encontraremos todas las reflexiones y divagaciones que salen despedidas hacia el pequeño espacio virtual que he alquilado para establecer mi nueva morada. Aquí no nos encontraremos ninguna invención literaria, todo entrará dentro de la escritura realística excepto cuando se comente lo contrario, como será en este caso.

La mañana transcurría tranquila, todo lo que necesitaba era un pequeño instante de tranquilidad y aletargamiento ante la larga jornada que se avecinaba. Tras prácticamente un año de distanciamiento con uno de los grandes amigos que tuve en la infancia, y que si él quiere seguiré considerándolo de la misma forma, ambos estábamos emplazados en la capital "suomí" para, con un grupo de orientadores desconcertados en el idioma ugrofinés de esta nación, disfrutar de unos días de convivencia con la naturaleza, de cohabitación con todas las especies animales y vegetales que estaban aguardando nuestra llegada.

(De este viaje, que en mi caso duró un día, pero del que se pueden extraer muchos acontecimientos, seréis informados en entradas sucesivas).

Estaba sentado observando el exterior a través de una lámina invisible que lograba conseguir que mantuviésemos la sensación de unión entre ambos lados para que no desapareciese la percepción de libertad que experimentamos cuando nos encontramos en la parte opuesta de esa fina línea, al aire libre. El mar se mostraba ante mis ojos con una dureza y bravura más digna de las grandes marejadas del Atlántico (o Cantábrico) que de la habitual balsa de aceite que podemos sentir al adentrarnos en las sosegadas aguas del mar Báltico

Decidí levantarme y olvidarme de contemplar aquel cuadro que probablemente no se vuelva a dar durante los próximos meses. Para un español como yo resulta bastante curioso estar tumbado en la playa y percatarse cómo por arte de magia una marabunta humana se precipita de forma desenfrenada sobre el agua salada, o no tan salada, ya que hablamos del mar báltico, debido al ligero movimiento de aguas que ha provocado uno de los muchos navíos que cubren el trayecto entre Helsinki y Tallinn.

Mientras recorría la distancia que me separaba del siguiente utensilio de cuatro patas sobre el que asentar mis posaderas, el suelo comenzó a moverse con la misma fuerza que nos muestra un volcán al entrar en erupción; necesité un tiempo que se me llegó a hacer interminable para recuperar el equilibrio y comenzar a agradecerle a una encantadora joven su gran ayuda al extender su brazo y sujetarme en el momento exacto en que mi cuerpo se encontraba al borde de un precipicio de escalones que, si no hubiese sido por la ayuda de aquel ángel que tenía ante mis ojos, habrían participado como los privilegiados espectadores de la película de mi contundente y enérgica caída.

Yo seguía embelesado ante tan infinita belleza en el momento en que una pequeña sacudida del adoquinado sobre el que nos encontrábamos atrajo hacia mí, cual imán atrae al hierro más puro, a una torre de defensa más grande que muchas de las que se situaban en las murallas de las antiguas ciudades medievales para proteger a la población de los ataques enemigos.

Quizá no pueda recordar nada más de aquel espíritu celeste que había evitado mi precipitación al vacío porque Dios solicitó su presencia en cualquier otro lugar del mundo para continuar con su divino trabajo, o simplemente porque aquel coloso que fue atraído anteriormente hacia mí estaba ayudándome a descender de manera irreflexiva e inconsciente los ángulos que, uno tras otro, nos permitían descender al nivel inferior del edificio marítimo.

Lo último que recuerdo hasta que me levanté esta mañana unido a una serie de conductos que se inmiscuían en mi interior otorgando a mi organismo la cantidad necesaria de plasma para regresar a este mundo, fue el instante interminable en que me encontraba tirado, completamente paralizado, sobre el pavimento junto al armario ropero que me había ayudado a descender las escaleras de forma tan sutil, observando cómo una atalaya de cajas en las que la única palabra legible, que nacía sobre el color azul de éstas era VIIN (1), recorría la distancia que le separaba de mi persona, para ser más exactos de mi rostro, a una velocidad de relámpago.

Si montáis en el ferry que separa la ciudad de Tallinn con la de Helsinki, capitales de Estonia y Finlandia respectivamente, no debéis preocuparos por los movimientos bruscos del barco ni porque un hombre alto y fuerte que vaya haciendo "eses", debido a su estado de embriaguez, os pueda tirar por las escaleras, pero sí recomiendo que echéis un vistazo y tratéis de contar las cajas de botellas de vodka o de cerveza que llevan los oriundos del país norteño al regresar a casa tras pasar un día en la capital báltica.

La diferencia en los precios entre ambos países, sobre todo en el alcohol, origina que para muchos de los aborígenes norteños sea más rentable adquirir un billete de ida y vuelta en un ferry, sin olvidar la noche de fiesta en el país vecino, que adquirir la bebida que puedan ingerir en su propia tierra.

Estoy seguro que si estuviésemos en su misma situación peregrinaríamos, incluso con más asiduidad, hacia dicho lugar santo llamado Tallinn, O NO.

(1) Viin es la palabra con la que se denomina al vodka en Estonia.

2 comentarios:

luisen dijo...

Esta batallita no la habias contado cuando llegaste, espero que lo pasaras bien en ese corto pero intenso dia

Unknown dijo...

En cuanto al precio del alcohol tienes toda la razon, es mas!, en el ferry solo dejan meter un numero maximo de paquetes o kgs por persona porque sino los finlandeses comprarian los supermercados de alcohol de tallinn. Ademas, recuerdo que en Tartu no habia restricciones de horarios para comprar el alcohol y si en Tallinn que a las 20 horas no se podia comprar el alcohol debido al gran numero de turistas finlandeses que compran y tambien obviamente al gran problema que existe con el alcohol en Estonia

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